Por Mariel Ibarra. Reforma.
Los pantalones de Carlitos comenzaron a mojarse y una gran mancha se formó en ellos. Una vez más se había orinado.
Cuando Israel lo vio, sintió como una calambre le recorrió todo el cuerpo, sus músculos temblaban y un calor repentino lo invadió.
El llanto de su hijo lo regresó de la furia: Carlitos, de un año y medio de edad, estaba tirado en el piso sin poderse mover debido a la patada que Israel le había propinado.
Ningún remordimiento pasó por la mente de Israel, al contrario, tantas veces le habían dicho que avisara cuando quisiera ir al baño, «que el pequeño se lo merecía».
–¡Párate!– gritaba, pero el niño, aunque lo intentaba, no podía sostenerse y caía nuevamente.
– Encárgate de él, checa que esté bien– pidió a su esposa Berenice, a quien siempre le pasaba la responsabilidad de la salud de los niños luego de golpearlos y quien no era ajena a su furia.
Esta conducta era parte de la vida cotidiana que Israel le daba a su familia, en la que los gritos, los chantajes, las patadas y bofetadas se repartían por igual.
Pero hoy Israel es otro. Hace dos años que los gritos y empujones se sustituyeron por acuerdos y pláticas, pues ahora es parte de las personas que semana a semana llegan a la Fundación Hombres por la Equidad a fin de cambiar su forma de concebir su masculinidad.
«Comenzamos el trabajo con hombres desde hace 15 años, cuando nos dimos cuenta que faltaban espacios para su atención. Generalmente la ayuda se concentra en las personas que reciben la violencia y no en quiénes la generan», explicó Roberto Garda, presidente de la Fundación, que ha atendido a 600 hombres.
«Se brinda a los hombres una opción de tratamiento con terapias individuales, metodologías de trabajo y de intervención para que procesen experiencias dolorosas de una manera no violenta. Pero no es suficiente el cambio emocional, lo que se requiere es que entiendan de una manera profunda el significado de la democracia en las relaciones interpersonales», expresa.
Sin embargo, Garda reconoce que las historias no tienen un final de telenovela, pues se lucha contra muchos factores socioculturales que permanecen arraigados y que hacen que muchos hombres ni siquiera reconozcan su violencia para buscar ayuda.
La Encuesta Nacional Sobre la Dinámica de las Relaciones de los Hogares de 2006, realizada de manera conjunta por el INEGI, el Instituto Nacional de las Mujeres y el Fondo de las Naciones Unidas para el Desarrollo de la Mujer, señala que 67 de cada 100 mujeres mayores de 15 años de edad han sufrido algún tipo de violencia.
Otro espacio al que varios hombres acuden voluntariamente a recibir ayuda es el Centro de Investigación de Victimología y Apoyo Operativo (Civa) de la Procuraduría de Justicia capitalina, en donde también se les brinda psicoterapia para atender la violencia física, emocional y sexual.
«Hace unos años eran muy pocas las personas que se acercaban a pedir ayuda y que se asumieran como generadores de violencia, hoy la gente ya se acerca más», explicó José Galileo López, director del Civa, quien señala que aunque los grupos están abiertos a toda la población, el 75 por ciento de los asistentes son hombres.
‘Creí que a la mujer se le debía someter’
El corazón de Alberto comenzó a latir cada vez más rápido y la ansiedad lo atrapaba a medida que Lupita se maquillaba, peinaba su cabello y colocaba unas medias en sus piernas.
Su esposa se preparaba para ir al brindis de fin de año de la empresa en la que trabajaba y pidió a su marido que le ayudara a subir el cierre de la espalda de su vestido, pero el ruido hizo que Alberto estallara en celos y furia. Él no estaba invitado a la fiesta.
«Descompuse el cierre adrede, enfurecí y la encerré en la casa para que no pudiera salir, pero al verla llorar me arrepentí y decidí dejarla ir. Ya en la noche me tomó otro ataque de enojo y celos. Tomé a mi hijo de un año y me fui a la fiesta, entré y en medio de todos le grité, la insulté y la saqué a jalones», recuerda.
Si bien nunca llegó a golpear a su esposa, sí había humillaciones, insultos, chantajes, apretones y relaciones intimas forzadas.
«Cuando me casé comencé a ejercer el poder, creí que a la mujer se le debía someter y controlar. Yo era muy celoso y posesivo, llamaba a mi esposa a toda hora y me enfurecía si no me contestaba.
«No soportaba que ella ganara más dinero. Me quitaba control y pensaba que le daría la oportunidad de encontrar a alguien mejor. La saqué de trabajar con el pretexto del cuidado de los niños», cuenta Armando, quien comparte con REFORMA su experiencia.
La ayuda para Alberto llegó de manera casual cuando escuchó en un programa de radio las características de los hombres violentos y se identificó con varias de ellas.
Su madre terminó su vida, luego de siete años en estado vegetal con el cerebro atrofiado, luego de las constantes golpizas que por cualquier motivo le daba su esposo alcohólico.
«Mi papá provocó la muerte de mi mamá, por tantos golpes, se le alojó un coágulo de sangre en el cerebro», narra Alberto, quien pudo reconocerlo hasta después de año y medio de terapias, en donde aprendió a contener su violencia .
‘Algo me atrapaba’
El puño de Israel se estrelló entre la nariz y el pómulo de Berenice. La sangre que comenzó a escurrir por su mejilla lo espantó, sintiendo que sus músculos se encogían.
Su esposa se había refugiado en la cama de sus hijos para que dejara de golpearla, pero a éste no lo importó partirle la cara en medio de los niños, quienes espantados, se quedaron inmóviles fingiendo estar dormidos.
Ya en su recámara, Berenice había recibido una lluvia de patadas en el estómago por haberse atrevido a golpear a Israel, luego de que éste la insultara.
Esa noche, la ira se desató cuando Berenice se asomó a la ventana usando una blusa de tirantes sin tener sostén, lo que suscitó que Israel, lleno de celos, inventara toda una historia de exhibicionismo por parte de su esposa.
«Yo le reclamé le dije muchas cosas para lastimarla, pero ella ya no aguantó y se atrevió a tirarme un golpe en la cara. No lo hubiera hecho… le dí con todo», recuerda Israel en entrevista con REFORMA.
La sangre que escurría por la cara de Berenice lo asustó. Corrió por una toalla para limpiarla y la llevó al hospital. Nunca se despegó de ella para evitar que contara a los médicos la violencia doméstica que sufrían ella y sus hijos.
«Fueron 10 años en que ejercí violencia contra mis tres hijos y mi esposa, era una gran ira la que se me desencadenaba, no importaba en donde estuviéramos, algo me atrapaba, ni siquiera en los embarazos le dejé de pegar», expresa.
La golpiza que llevó al hospital a Berenice, ocurrió en Monterrey, a donde se habían ido a vivir por promoción en el trabajo de Israel y en donde lejos de sus conocidos, éste había incrementado su agresividad.
Ella no soportó más y un mes después huyó con sus hijos y regresó a la Ciudad de México.
Por siete meses Israel vivió solo y fue ahí que comenzó a buscar ayuda, y hoy, ya de regreso con su familia, tiene más de dos años de no agredir a su mujer, mismo lapso que tiene de acudir a terapias en la Fundación Hombres por la Equidad.
FUENTE: Reforma. 06 de junio de 2011


